EL SALVADOR

EL SALVADOR
Plaza Vázquez de Molina

martes, 13 de febrero de 2018

LO QUE PUDO SER


LO QUE PUDO SER.
 
 
 

No me quito nunca el anillo que me regalaste.
Hace frío. Afuera llueve. Tú estás lejos.
Sincronizo mi pulso con el reloj de pared
y obvio el pasado y la penumbra
como elementos narrativos de un dolor venidero.


Hay una ruleta que gira en mi corazón,

aunque yo sé que eres tú la responsable íntima

de mi mal humor, de mi extemporaneidad,

última característica de la que quisiera presumir al extrañarte.



Te recuerdo esquivando los rayos del sol en una terraza,

en la ciudad que nos une y nos aleja en el mismo porcentaje.

Te añoro noctívaga, fulana, enredada en discusiones conmigo
-apegada a una barra extremadamente alta,
pilotando un taburete extremadamente incómodo,
luciendo una minifalda extremadamente corta,
bebiendo algo de color añil y mojando, distraída,
el dedo corazón entre su nivel y los cubitos-

sobre libertades y maneras de vivir al margen del consumo,

y sus rigores, y sus exigencias…

charadas que no me atañen, utopías que no me sirven,

demagogias que no huelen a nada

y que no íbamos a remediar tu y yo

por muchas oraciones copulativas que cruzásemos

como espadas,

como vino,
                como guerras, 
                              como caballeros jedas,
                                              como ninjas,
                                                            como labios lujuriosos.


A mí, que vivo debajo de un arco románico

en mi caparazón de carey,

sólo me interesa tu piel:
morena, obscena, lasciva,

dura como un símil acertado;

sólo tu olor a café y a uvas de miércoles, a cáncer de lirios,

a galleta tostada que se camufla en tu vientre y no se deja morder…



Sólo me interesa tu calidez atómica para disolver mis carámbanos,

mis delirios, mis flaquezas…

esa tempestad que me ronda y no acaba de formarse

a base de egocentrismo,

tangas,
              terapeutas,
pastillas de colores y lecturas

como colibríes de fantasía que se injertan en mi desolación.



El anillo que me regalaste es mi excusa de hoy

para recrear lo que pudo ser entre nosotros,
y no fue,
y tal vez sea.

ESPIRAL DE AUSENCIAS


Espiral de ausencias
 
 
 

Odio la distancia cuando se mide en años luces y suspiros.

Odio la humedad de tu último beso apasionado,

el que me supo a despedida irremediable y a reproche,

radicado y borrascoso en las comisuras de mis labios,

con sabor más amargo cuanto más pasan los días,

enhebrando imposibles para que no se extingan

su morbidez de azúcar, y el alcohol etílico,
                                                  (y la vainilla de tu aliento.

Odio los correos electrónicos lacónicos y previsibles,

y las conexiones rápidas

en las que apareces de repente en la pantalla

como recién salida de la ducha o de un masaje,

como protagonista de un sueño irreal y trágico,

cuando apenas si te miro mientras rastreo a tus espaldas

las señales dejadas por algún especialista

en consolar emigrantes latinas con novios a millones de suspiros.

Odio las fotografías en las que estamos juntos y abrazados

como dos colegiales cursis:

en todas salgo con la misma sonrisa tonta de controlador aéreo,

en todas contagio un plus inexplicable de nostalgia venidera.

Odio las entradas de cine usadas que guardo en mi cartera

desde la primera vez que fuimos juntos,

allá por mayo de dos mil once,

a estrenar nuestro amor en la penumbra.

Odio la maldita crisis que te llevó tan lejos

a realizar una entrevista absurda para un trabajo tan bien
                                                                        (remunerado,

y que no haya trenes entre medias de nuestras soledades,

ni las bicicletas sirvan,

ni apantallar con la mano para ver el horizonte

en el que vives realquilada

cuando vuelca cada tarde hacia el océano

su bolsa con cáscaras de pipas rojas.

Odio que necesites realizarte como ejecutiva

en una compañía sin sucursal en la Península

y al maldito jefe que te firmó un contrato indefinido

a la primera de cambio, sin apenas conocerte,

en un país con tantas oportunidades para el éxito.

Odio que sacaras tan buenas notas en inglés en el colegio

porque así ellos te entienden

y yo te voy perdiendo en los subtítulos.

Odio Manhattan y sus ínfulas, la isla entera

y sus avenidas numéricas pobladas de amantes potenciales,

de richardgeres cuarentones que tan atractivos resultan

para las chicas de tu edad y tu inocencia;

y los despachos de la Gran Manzana con cristales y minigolf

donde ensayan el putt los vicepresidentes jóvenes y guapos;

y las cafeteras que anuncia un tal George Clooney

en las azoteas de los rascacielos

entre mujeres con tu misma cara y ambiciones

con la guardia baja y las medias flojas por el vértigo.

Odio no saber qué haces exactamente

porque las cosas se llaman allí de otra manera

y tu empresa está siempre a la vanguardia

de la tecnología y el escándalo.

Odio los taxis amarillos conducidos por psicópatas

que no ponen las intermitencias cuando giran en tu corazón

o se saltan los semáforos que protegen

los recuerdos gananciales,

el ceda el paso de los sentimientos en los que tengo preferencia

en el stop obligatorio de tu carne.

Odio la claridad del día que casi nos hace vivir por turnos

cuando yo lo que quiero es vivir sincronizados.

Odio almorzar solo y no saber a ciencia cierta

si tú has desayunado tortitas con sirope en un apartamento

del que no tienes las llaves.

Odio imaginarte vestida con una camisa ajena,

descalza sobre la moqueta de una habitación acristalada

en un flash obsesivo que se repite cuando cierro los ojos

o veo algún capítulo atrasado de Sexo en Nueva York.

Odio las lámparas cuando se encienden

y no descubren tus ojos marrones

en nuestro sofá de tela damasquina.

Odio esos humos subterráneos que te levantarán la minifalda

al pasar sobre los respiraderos en cuanto te descuides,

para escarnio de mi asombro.

Odio mi agenda vacía en contraste con la tuya,

repleta de nombres de colegas,

posiblemente divorciados y/o asesinos en serie.

Odio a los Knicks porque siempre le ganan en mi fantasía a    
                                                                        (Estudiantes

en el último segundo de la prórroga con un triple sobre la bocina.

Odio echarte de menos.

Odio necesitarte.

Odio quererte tanto.




 

 

miércoles, 20 de diciembre de 2017

SEGUNDO PREMIO DE POESÍA EN VILLAPALACIOS

TERMINO EL AÑO CON MI GALARDÓN VIGÉSIMO: SEGUNDO PREMIO DE POESÍA EN VILLAPALACIOS POR MI POEMA "CUANDO LAS LUCES SE APAGAN"

CUANDO LAS LUCES SE APAGAN 

Cuando amaine la noche, cuando el mistral abdique
y los pastores suelten sus ovejas de nácar.

Cuando la Estrella desfile a su columpio etéreo
y los Reyes de Oriente depositen sus dádivas,
los regalos que traen a los pies del pesebre
y el bullicio deje paso expedito a la calma.

Cuando el buey desconecte su memoria infalible
y la mula traspase su cansancio a la paja,
y las lavanderas tornen a baldear sayales
a la orilla de un riachuelo de papel de plata.

Cuando el pesebre rebose cereales calientes,
y regrese el arriero a rescatar su manada,
y un pájaro empiece a revolotear en silencio
sobre el musgo que verdece por las atalayas,
y el ángel emigre a su celestial aposento,
y la Virgen amamante al querube con calma,
y José deshilvane la tensión del momento
descabezando un vahído, al runrún de una nana.

Cuando callen los tambores y las panderetas
asorden la música de aleluyas pasadas,
y las norias giren otra vez sus cangilones
en su eterno cometido, surtidoras de agua.

Cuando se apaguen la vela y la luz de colores
y la paz reconquiste el obrador de mi ánima,
y guardemos las zambombas y los polvorones,
y parezca que en el mundo nunca pasa nada…

Yo me levantaré de mi lecho, en sigilo
otra Nochebuena, y de tu mano arrugada,
con la emoción en mis ojos manando ternura,
vigilaré -junto a ti- el Portal y las casas,
y entre hilachos de algodón que simulan la nieve
taparemos al niño con minúscula manta
para que no se resfríe con los primeros relentes.

Y apagaremos el fuego que simula una lámpara
y extenuados de tanto atender las minucias

caeremos rendidos en la alfombra del alba.

martes, 12 de diciembre de 2017

PRIMER PREMIO DE POESÍA EN ÓLVEGA

MI POEMA "NUNCA ME CANSO" HA SIDO MERECEDOR PARA EL JURADO DEL CERTAMEN "MILAGROS CACHO PÁRRAGA" DE ÓLVEGA DEL PRIMER PREMIO DEL CONCURSO.
MI ENHORABUENA PARA LOS DEMÁS PREMIADOS.

   

NUNCA ME CANSO de mirar infinitos

a través de tus pupilas,
catenarias de un instante, andamios
que sostienen ese cielo invicto que se guarda
en el arrabal de tus ojos.

Nunca me canso de quererte en los rincones,
de jugar a definirte en un etcétera sonámbulo
que me lleva consumiendo desde el día en que naciste.

Tras tu nuca ligera, a buen recaudo
-coordenada origen del cosmos
en el que nidifican mis vectores-
me refugio, a salvo del rigor y la intemperie,
en el meridiano cero de tu espalda.

Viajo sin motivo al atlas de tu plexo,
te acaricio cuando duermes
-estoy seguro de que no
me lo permitirías de otra forma -
y apuro el tiempo vivido sin fronteras
que une mi tacto a tu perfume…
y escribo un resumen, epílogo,
engrudo mágico y complejo
que grabará mi sol en tus eclipses.

Mi testamento dona cualidades
a la piel de tu beneficencia, a tu tesoro;
todas mis posesiones a la lluvia clueca
cuando beso tu frente llena de elucubraciones
porque nunca me canso de mirar al infinito
a través de tus pupilas chocolate,
andamios que sostienen ese cielo que se pierde,

Cuando te deseo buenas noches,
mientras voy recuperando el aliento
que perdí al conocerte
-pues al conocerte perdí el aliento-
y acaricio anfíboles a la hora de ánimas,
apóstol níveo,
todos mis anhelos se acumulan en tu dolmen,
y me denuedo impunemente imaginando
qué presente, qué fuego sustantivo,
qué rendición, qué cláusula exclusiva rubricarte
para que sigas manteniendo
una vieja fotografía de mi rostro
como fondo exclusivo de pantalla
en el arrabal de tus ojos chocolate.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

PREMIO DE RELATO EN MONTORO


HE SIDO GALARDONADO CON EL PRIMER PREMIO DE RELATO CON EL TEMA DE LAS VIVENCIAS EN TORNO A LAS ENFERMEDADES MENTALES EN MONTORO.






Con María García, la cantante que amenizó la velada.



EL RELATO PREMIADO HA SIDO "EL MALDITO ALEMÁN"       

Lo más triste no es que se hayan perdido los recuerdos en el ámbar de su memoria, lo más triste es que ha perdido su mirada, esa mirada de saber las cosas, de tener un hilo en cada costura de su imagen que daba armazón a su existencia, a la suya y a la de todos nosotros.

Ha desaparecido esa mirada mágica que rascaba los puntos cardinales y hacía servilletas con las nubes, y te calaba hasta el fondo del alma y te decía “no me mientas, rapaz, no me mientas, que una es muy mayor para que abusen”. Y ya tenías que contarle tu secreto, o mejor, se lo entregabas para que lo custodiase como si fuese una joya irrepetible. Con ella estaría a salvo y se revalorizaría, eso seguro. Yo recuerdo haberle entregado pequeñas confianzas sin valor, bagatelas de la edad, naderías sin importancia; y recoger, al cabo de unos meses, o de unos años, un rédito de lealtad inconmensurable, una alcancía de exclusividad sin precio, un tesoro de certezas. Pero ahora la miro frente a frente y, aunque no me rehúye las pupilas, parece que mira a mi través, que yo fuera de plástico transparente, que ella buscase en otra órbita lejana y yo representase la fotografía de una interferencia, un obstáculo de carne absolutamente desconocido que hubiese que atravesar sin más remedio para llegar a una pradera, o a un brozal, o a un lago, o al lugar inexistente y extraño que le deparaba su instinto.

-¡Ya viene el alemán, ya viene el alemán! -creo que fueron sus últimas palabras congruentes antes de sumirse en el vacío, antes de volcar todas sus pertenencias en el barco del olvido y hacerlo navegar por un océano sin retorno. Ella iba sumando conjeturas y retazos de conversaciones entre nosotros y los doctores, en las clínicas, con sus salas de espera y sus enfermeras cotillas… tras las primeras ausencias de memoria. Y todo desembocaba en un alemán, un tal Alzheimer, el dichoso alemán al que se refería, aquel señor que iba raptando una a una las piezas del puzle. Primero las que ocupaban poco espacio, luego las fichas mayores. Al final se quedó sin material al que uncir su experiencia, sin bagaje del que poder disponer para hilvanar eventos y, claro, sin algo de donde partir, sin la referencia de unos datos objetivos, cualquier viaje es un intento absurdo y, por supuesto, un desasosiego que no conduce a nada.

A los pocos días fue cuando la miré a los ojos y solo vi vacío, miedo, soledad… o a lo mejor nada de eso basculaba todavía dentro de sus pupilas, bien al fondo, y era yo            mismo el que, presa del pánico, le atribuí tal cohorte adelantándome al tiempo. ¡Habrá que hacer algo!, es lo más urgente que pensé. ¡Ya no puede seguir viviendo sola, no puede! Pero entre este estremecimiento y la consiguiente confirmación pasaron apenas dos semanas, quizás tres.

Los vecinos me alertaron enseguida de que se había perdido por el pueblo, un pueblo chico en el que nadie se había perdido jamás en sus quinientos años de historia porque es una aldea que se acaba muy pronto, porque todas sus calles dan a los sembrados, a las higueras, a los almendros, a los olivos; de hecho las calles y las aceras puede decirse que eran, que son, trozos de adoquines en mitad de los barbechos, una pauta gris en el verde infinito de los olivares, una mota de polvo color teja y alquitrán en el infinito peine de las hileras de árboles. Ella no sabía a dónde ir y se entretuvo en coger amapolas de los campos contiguos porque, a lo mejor, el rojo le llenaba el cerebro de alguna calidez antigua y creyó que necesitaba subir su temperatura para descongelar los recuerdos. Aquella tarde le llené una maleta de cosas imprescindibles y me la traje a mi casa, a la ciudad de las plantas domésticas, al piso de las habitaciones chicas en el que todo el mundo va con prisa, y me la traje como el que roba una mascota con la que sabe que no puede quedarse para siempre.

Llamé a mis hermanos llorando, sin poder contenerme, y les dije: - ¡Mamá ha perdido la mirada por el maldito alemán, el maldito alemán…! – y los dos comprendieron enseguida el alcance de los hechos. Luego miré en internet para comprobar que en verdad Alois Alzheimer era teutón y, en efecto, lo era. Aunque no me produjo ningún alivio saber su procedencia, al menos podría maldecirle con el gentilicio correcto, a sabiendas que el pobre científico por su aportación a la Medicina no merecía ser tratado de esta forma. El doctor Alois me hizo el favor de servir para canalizar mi ira en su persona por dar nombre a la enfermedad y así poder desaguar tanta congoja.

Entonces aún sabía pequeñas certezas, ella, mi madre. Sabía, por ejemplo, mi nombre, que yo era su hijo mayor –me decía siempre “mi mayor”- dónde vivía, que trabajaba en una oficina del gobierno, que sus nietos estudiaban música y jugaban al fútbol en un campo de césped artificial… pero la montaña rusa en la que se embarcaron sus neuronas pronto alcanzó el vértigo y a cada olvido le seguía un brochazo de tinieblas en el telón de sus iris. Lo más conveniente era adecuar el espacio a sus nuevas necesidades que, paradójicamente, se iban reduciendo en la misma progresión con que crecía nuestra insignificancia, nuestro pánico. 

La decisión era cruel y dolorosa, pero no quedaba más remedio que rodearla de cuidadores profesionales que la atendiesen y que procuraran ralentizar el deterioro, si es que es posible sujetar con pinzas de la ropa tal avalancha de desolación y caos; porque yo, al principio, esperaba que sus vivencias estuviesen cambiadas de sitio dentro de su cabeza y que sólo habría que volver a encontrarlas, como en un extraño juego de escondite; automatizar un nuevo rumbo, una manera de moverse entre células nerviosas; reorientar esa especie de buscador por satélite que nos instalan cuando niños y todo volvería a colocarse en su estantería correcta, a la estantería de donde ella podría tomarlas y volverlas a dejar en reposo cuando le viniese en gana, cuando las necesitase.

Lo cierto es que después de  de  visitar varios lugares especializados en el alemán, quedamos desolados y sin fuerzas para seguir. Comprobamos lo que queda del ser humano cuando se le desposee de sus vivencias, de sus anclas, de sus puntos de apoyo. Y nuestra madre había emprendido el periplo del que es imposible regresar. Progresivamente olvidaría el lenguaje, las funciones fisiológicas, masticar, hablar… nos dijeron. Hasta desaparecerían de su hábitat los retazos de sus sentimientos y se iría convirtiendo en un vegetal rosado, blanquecino, pálido, ausente… en una cáscara vacía, que es seguramente lo que yo vi dentro de sus ojos cuando miré por sus escotillas preciosas y gastadas aquella tarde y no descubrí ningún atisbo de recuerdo en sus repisas de miel.

Por fin encontramos un sitio que nos resultó emocionante por pequeñas naderías, como una enfermera que le acariciaba el cabello a una anciana mientras le pasaba un peine delicadamente, o un médico que le hablaba, sin voces, cogiéndole la mano, a un señor sentado en un banco del jardín. Me imaginé a mi madre entre aquellos abedules y celindas del pequeño paraíso con que contaba la residencia y no hizo falta que intercambiásemos palabras los tres hermanos para decidir que allí se quedaría. Aquel lugar nos gustaba para ella.

Cuando nos despedimos, noté cómo se arrancaba de cuajo dentro de mí un nudo de emoción y tuve la sensación más grande de inutilidad y de fracaso que he sentido nunca. Me tragué el nudo como si fuese una sopa de pan hirviendo que va arramblando la garganta con su volumen atroz y quemando las células que roza. Intentamos disimular nuestras lágrimas cuando le dijimos adiós desde el coche. La dejábamos a su albedrío, como un barco de papel en un arroyo salvaje, entre absolutos desconocidos.

Ella no era consciente de su situación y, sin embargo, cuando le dirigí el último refilón de mi mirada intentando atar su rostro a mi silencio, comprobé que nos seguía con su vista, y que, tal vez en un rictus inconsciente, nos había dedicado lo que a mí me pareció un guiño cómplice, aunque quizás fuera un acto reflejo motivado por una ráfaga de sol tardía. Y yo interpreté aquel rictus, tal vez, como digo, involuntario, como su anuencia a nuestra decisión final de haberla depositado en aquel lugar tan agradable, al menos a primera vista, al menos en comparación con los otras ofertas del mercado.
 
Sólo pudimos visitarla una vez más antes de que muriese y no fuimos capaces de entender aquella evolución tan urgente, aquella prisa de Dios por querer ganarla tan pronto a base de hacerle perder todos sus rasgos sin ninguna misericordia.

Ahora siempre que pienso en ella, con el bálsamo del tiempo sobre las úlceras, lo único que rescato del precipicio en el que se ha convertido su recuerdo, es aquella mirada mágica, aquella mirada que rascaba los puntos cardinales, cuando era niño, y me hacía servilletas con las nubes.



FIN