EL SALVADOR

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Plaza Vázquez de Molina

miércoles, 24 de mayo de 2017

PRIMER PREMIO DE RELATO EN ALBACETE

Ayer recibí el primer premio de relato de la fundación FAMA, de Albacete, por mi obra MI NIÑO CHICO. Esta es la foto de familia en la que aparecemos los premiados el jurado y representantes del Ayuntamiento de Albacete, Global Caja y el periódico La Tribuna de Albacete, patrocinadores del evento. El relato será publicado por dicho periódico y después lo colgaré en este blog. Enhorabuena al resto de premiados y mucho ánimo para la organización para que convoque la siguiente edición.
 
                                       MI NIÑO CHICO                 
Mi niño chico es de almoraduj, de harina blanca, de tomillo. Todavía no corre, todavía no vuela hacia la luz rosácea del amanecer como lo hacía su hermano -mucho antes de tener su edad- porque va despacio, muy despacio mi niño chico. Su lentitud es una vasija gigante que voy llenando con mi paciencia de colonia. Una hucha donde deposito las monedas de mi disciplina. Sus muslos están modelados en hojaldre. Sus brazos parecen entelequias esculpidas en bechamel. Sus sonrisas, sin embargo, compendian el universo entero y se ofrecen como escaparate de la felicidad sin contraprestaciones, sin exigir algo, sin alharacas, con la sencillez de un párvulo, porque mi hijo es el ser más agradecido del mundo aunque no sepa decir la palabra "gracias" todavía. Y es generoso como la lluvia: regala su amor al primer postor, lo dona, nunca lo escatima. Y eroga también los brillos de colorines que chisporrotean sin control desde sus ojos hinchados en cuanto deja de estar dormido.
Es mi locura. Mi obra, porque yo he fabricado por entero a ese hombrecito de papel cuché que va ganando batallas silenciosas al conformismo poco a poco. Porque yo he sido su bastión y su brújula desde el primer instante y cada logro nimio que consigue significa un galardón para mi ánimo, un diploma contra la parálisis.
Dice mi nombre sin parar y se recrea pronunciando, dificultosamente, cada sílaba: Ma-má, ma-má, ma-má… y puede pasarse horas enteras paladeando la palabra mágica como un grillo en el sofá. Me voy a la cocina y sigo oyendo la retahíla: Ma-má, ma-má... Acudo al dormitorio y el eco de su voz se acuna entre las sábanas y se aovilla en si seno. Y vuelvo a su habitación como quien regresa de un viaje al fin del mundo y cuando por fin me ve, o me huele cercana, sigue diciendo lo mismo pero con otro tono, con vagonetas de ternura, ya sin desasosiego, con caricias que se propagan como ondas de radio, o besos de miel, o tactos de seda.
Yo, en cambio, he aprendido de él el sabor de la inocencia. Me hace mejor persona, me borra los prejuicios y separa mejor que nadie en mis prioridades lo que importa de lo que no importa. Sé cuándo y qué necesita antes que le suceda a mi niño chico, antes que vierta el caudal del pujo sus vaivenes incontrolables. Conozco sus límites mejor que él mismo y también, por esa misma razón, pondero como nadie cada avance, cada logro, cada superación que se va consumando. Ya come solo y consigue beber líquido, aunque luego le da la risa al saberse suficiente y abre la boca sin tragar y se le sale el agua por los labios. Y yo derramo lágrimas que al final, en el abrazo, se mezclan con el agua y con los besos.
Mañana hace cinco años y aseguro, sin demagogia, sin cumplidos, sin frases hechas que se dicen por menguar el dolor, que han sido cinco años plenos, volcados en él, duros pero irrepetibles, dedicados por completo a la empresa del amor, porque en el amor está el secreto, en el cariño se esconde el arma de esta madre y el sentido común de todo, y la luz rosicler que me guía.
Si miro atrás casi no me creo lo que hemos conseguido. Avances en cualquier vicisitud. Matices en sus gestos. Cuando estoy a su lado se cree invulnerable, se cree a pie juntillas que no puede pasarle nada malo y ello me reviste de fortaleza y suple mi cansancio. Acaricio su pelo crespo, sus mejillas pálidas, sus dedos díscolos… y parece que toco los botones de la felicidad. Está a punto de conseguir andar y me brinda cada esfuerzo. Cada intento es un derroche titánico para sus músculos de leche y aún así no deja de mirarme y de disimular su frustración si no lo consigue, hasta que lo abrazo como a un polluelo y lo colmo de mimos, y lo deposito en el altar de su trona. Un poco más cada día, cada rato, cada momento. Avanza como un pequeño segundero y yo voy anotando -notaria de su desarrollo- para que nada se me olvide, para que todo quede registrado, este diario vital hecho por oleadas que releo muchas veces.
Todo gira en su torno como un sistema solar doméstico. Toda la casa le rinde pleitesía con entusiasmo y se adapta a su ritmo. Si duerme, por ejemplo, mi niño chico, el silencio es una cualidad que no hace falta imponer, que se instala sola entre las paredes, que se genera por sí misma. Y mi otro hijo, con sólo ocho años, se convierte en embajador de su hermano y predica con el ejemplo, y me brinda su madurez y su prematuro anhelo responsable como el mejor regalo posible. Es nuestro adalid y vive por agradarnos, por hacernos más fáciles las cosas. Es consciente de su realidad y ha asimilado mi penuria de tiempo hacia él como un héroe, y me comprende, y me abraza como a un guerrero, como a un ninja que ha vuelto del peligro. No tengo palabras para su altruismo, para los ratos que pasa jugando con su hermano, dejándole hacer, consintiendo sus caprichos, cediendo en cualquier conato con lo que cuesta ceder a los ocho años, con lo que cuesta jugar con alguien que no significa un reto, dejarse hacer a esa edad o consentir frivolidades que van en contra de la propia naturaleza infantil y, por ende, egoísta, cruel en su esencia.
Nuestra empresa se llama Edu y entre todos estamos sacando adelante su potencial dormido, escribiendo de nuevo el guion que por alguna razón extraña no se grabó bien en su cerebro cuando estaba dentro de mí.
Hoy tocaba hacer balance de sentimientos y por eso me he extendido más en ti, mi querido diario. Y podría seguir escribiendo otro rato sobre mis dos principitos, sobre mi sensación de paz infinita y mi extraña felicidad, esa que nadie entiende o que todo el mundo confunde con resignación, con amargura disimulada; pero ha empezado a cacarear mi nombre con especial intensidad, hace un momento, mi niño chico y no puedo consentir más tiempo su desazón…
He vuelto para escribir que, con la ayuda de mi marido y de su hermano, mientras yo esbozaba las líneas anteriores, ¡Edu ha dado sus primeros pasos!. Ha ido como un borrachito –de placer, de satisfacción, de alegría, de orgullo…- desde el sofá a los brazos de su padre.
Hoy, sin duda, ha sido un gran día para todos, una efemérides que recordar en la pequeña historia de mi niño chico.

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