EL SALVADOR

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Plaza Vázquez de Molina

domingo, 2 de julio de 2017

PRIMER PREMIO DE RELATO EN MUNERA

A la sombra del Molino de la Bella Quiteria, en Munera, como manda la tradición, en la tarde de ayer, día 1 de julio, primer sábado de julio, fueron entregados los premios que anualmente convoca, desde hace cuarenta y dos, la propiedad del Molino, viuda, doña Amparo Gaviria, y familiares de don Enrique García Solana.
Tuve el privilegio de que mi "DÍA DE MARRAS" fuese distinguido con el primer premio de relato y de saludar a un nutrido grupo del selecto plantel de poetas y escritores manchegos que allí se personaron: Natividad Cepeda, Isabel del Rey, Francisco Jiménez, Juan Lorenzo Collado, Alfonso Gómez...  Después merendamos opíparamente las típicas gachas, los torreznos, el queso y los rolletes, todo regado por cuerva bien fresquita.






Los primeros oradores en intervenir fueron los ganadores de la modalidad de prosa.  El tercer premio fue para Sergio Generelo Tresaco, de Logroño  (La Rioja) con su trabajo “Yo te pregunto ¿quién es Laura?”. El segundo premio fue otorgado a     Alfredo Jesús Sánchez Rodríguez  de Castellar de Santiago (Ciudad Real) por su trabajo titulado “En Sevilla vendiendo torraos”. El primer premio de la modalidad fue para Esteban Torres Sagra de Aldeahermosa de Montizón en Jaén que leyó “Día de marras”.
    
El siguiente turno fue para los trabajos presentados en la modalidad verso. El tercer premio  fue a parar a las manos de Fructuoso Atencia Requena de Munera (Albacete) por su trabajo titulado “Sinfonía de Amor a cuatro voces”.  El segundo premio fue otorgado a  Manuel Fernández de la Cueva Villalba, de Corral de Almaguer (Toledo), por su trabajo titulado “Adolescencia solitaria”.  El primer premio fue el presentado por Julia Flores Arenas, de Villarrobledo (Albacete) y que recibió numerosos aplausos con la lectura de su trabajo “Más allá de la memoria”. 


DÍA DE MARRAS


Hay bodas a las que uno no debería ser invitado bajo ningún pretexto. Es lo primero que pensé cuando recibí el sobre y vi en el remite “Srta. Aitana Líndez”. Me puse las gafas  y leí los detalles: El día tal del mes cual a las 19 horas en la iglesia de San no sé quién…
Aitana siempre ha llamado la atención de los hombres por una cosa y de las mujeres por lo contrario. Y sí, no lo voy a negar, tuvimos una relación muy apasionada, una relación que ya creo haber superado completamente. A mi parecer, éramos la pareja perfecta, pero ella, sin dar ninguna explicación convincente, decidió dejarme el pasado junio, justo después de que le pidiese matrimonio lo más románticamente que supe. Entendí que quizás no fui oportuno o que volqué muy deprisa la balanza de sus dudas hacia el lado de las decisiones. Arrodillarme en el restaurante chino y ofrecerle una anilla de una lata de cerveza como anillo se volvió en mi contra. Y acabamos como acaban estas cosas, lo que pasa es que el tiempo lija las arrugas del odio repentino y parecen gustarle los finales felices. Decidí no acudir a la llamada nupcial. ¿Qué pintaba yo en aquella boda?
Recuerdo con especial énfasis su risa contagiosa y su afición, casi enfermiza, a las sorpresas, cuanto más disparatadas mejor. Pero, por supuesto, no es mi mejor recuerdo de ella; lo que más echo de menos es el flan de sus labios dulces y el mousse de limón que cobija en su escote.
Aquí estoy, en el día de marras, el mes tal a la hora cual en la iglesia de no sé quién… trajeado en la tercera fila de la derecha según se mira. Esperando que suene la marcha de Mendelssohn. Aguardando que la novia haga acto de presencia y todo se perpetre según las convenciones. Al final he venido…
El pobre Ricardo suda hasta por sitios en los que no tiene poros. Sé que no me traga. Lo sé. Pero también reconozco que los hombres nos venimos arriba en ocasiones difíciles y desde que me lo presentó Aitana como a un “amigo muy especial”, hace seis semanas, con una sonrisa que podría interpretarse en siete idiomas, ha sobreactuado conmigo y, en verdad, no tengo queja del muchacho. Es como si quisiera demostrar con su amabilidad exquisita y su simpatía encantadora que no le importa lo más mínimo el pasado de su futura, aunque tampoco ofrece la impresión de que se compadezca de mí, que soy ese pasado, sabiendo cómo terminamos, pues parece a todas luces que rompió lo nuestro para enzarzarse con él y eso, se mire como se mire, es un agravio comparativo siempre. A mí no me entra en la cabeza que tan sólo a los nueve días de dejarlo ella me anunciara esta nueva relación como lo más natural del mundo. Por eso supuse que estaban liados ya de antes, lo que más me dolió. Aunque ahora que recapacito mientras comienza la “nupcial”, acabo de comprender todo el intríngulis.
Se oyen las primeras notas del órgano y se exclama un ¡ohhh! unánime y sobrenatural por el eco de las bóvedas, cuando Aitana hace acto de presencia y va marcando los pasos hacia el ara. No puedo contener un par de lágrimas que ruedan mejilla abajo sin oposición alguna. Al pasar a mi altura me ha sonreído sin complejos y me ha guiñado un ojo, algo que he interpretado como previsible después de mi análisis tras el último punto y seguido del párrafo anterior. Yo he permanecido como si fuera de mármol, como si pasara por allí buscando un estanco o se tratase de la boda de alguna prima segunda a la que no veía desde niño.
El sacerdote ha ido avanzando en la liturgia hasta llegar al ritual que nos congrega. Lentamente, y con la solemnidad que requieren las ocasiones especiales, ha preguntado:
- Aitana, ¿quieres recibir a Ricardo como esposo, y prometes serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así, amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?... - Entonces ha ocurrido lo inesperado. Lo más inesperado por todo el mundo, menos por mí. Ella ha pronunciado, con la misma solemnidad en su respuesta:
- ¡No, padre, mi corazón y mi cuerpo pertenecen a otro hombre!- Y ante la perplejidad del párroco, y la de todos los presentes, se ha girado hacia la asistencia y me ha señalado a mí con su dedo índice, y luego lo ha flexionado lentamente, repetidas veces, como si estuviese haciéndole cosquillas al aire, citándome a su lado. Tal y como yo lo había visualizado hace unos minutos. Instintivamente he mirado al novio y, tras comprobar su resplandeciente cara de felicidad, he comprendido que estaba al tanto de la situación y que ha sido parte imprescindible en la gestación de la sorpresa con la que Aitana ha querido culminar el día más importante de su vida y de la mía. Ya advertí que era adicta a las sorpresas en los primeros renglones de esta historia.
Justo entonces ha entrado –siempre llega tarde a todos los eventos- Leticia, a quien le guardaba sitio a mi derecha, conociendo la costumbre de su demora, y de quien me había olvidado completamente, absorto en el tempo de la ceremonia. Me ha besado con vehemencia en los labios, ajena al episodio que estaba sucediendo y al lugar sagrado, y luego me ha interrogado con los ojos. No he tenido más remedio que intervenir para pronunciar unas palabras, las palabras más difíciles de toda mi vida:
- Aitana, ésta es Leticia. No te había dicho que me iba a acompañar para que fuese una sorpresa, que sé que te chiflan, pero en realidad no es mi novia. Es una actriz que he contratado para que hiciese el papel de mi novia –valga la redundancia- y que creyeras que puedo vivir sin ti y que había encontrado el amor de nuevo…-
Justo en ese momento del discurso se ha levantado, de la fila de atrás, Mario, mi mejor amigo. Se ha dirigido al altar –yo diría que flotando a dos centímetros del suelo- y se ha fundido en un beso -el más tórrido que he contemplado nunca- con Aitana. Al parecer la sorpresa no era para la fila tres según se mira desde la derecha, sino para la cuarta y yo me había equivocado –aunque sólo en parte- al prever el final de la historia.
Leti me ha mirado llorando y sin acertar a decir nada.                        FIN

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