IGLESIA DE SAN PABLO DE ÚBEDA

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Iglesia de San Pablo (ÚBEDA)

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jueves, 10 de mayo de 2018

PRIMER PREMIO DE RELATO EN ÓRGIVA

Mi relato titulado "EL MÉTODO NÁJERA" ha sido galardonado con el PRIMER PREMIO "JOSÉ RODRÍGUEZ DUMONT" en el certamen del mismo nombre organizado por el Ayuntamiento de Órgiva (Granada)



EL MÉTODO NÁJERA                     

Corroboro que recibimos ayer una llamada a las tres y cuarto de la tarde, tal y como he hecho constar en el informe. Mi compañero y yo nos desplazamos a la calle Miranda, a la altura del número 15 con el coche patrulla, como tantas otras veces. Tardamos apenas tres minutos en llegar porque a esa hora no suele haber tráfico, como sabe usted. Allí nos aguardaba un par de abuelos muy amables, sobre todo él, bien porteados y sumamente simpáticos. Ella vestía un abrigo de pieles, como de visón, iba muy maquillada y se adornaba con algunas pulseras que me parecieron valiosas a simple vista, igual que el collar y los pendientes, todo a juego. También exhibía un bolso negro enorme que llamaba la atención por su tamaño. El señor lucía un traje gris con raya diplomática y un bigotito muy cuidado, camisa blanca impecable con gemelos de brillantes, corbata granate con alfiler compañero a los gemelos y un maletín de piel marrón, de marca, nuevo a estrenar.
Nos saludaron en la puerta de la Joyería Nájera e incluso el hombre nos mostró su carnet de identidad sin nosotros pedírselo para identificarse: Se llamaba Alberto, Alberto Nájera, pero no recuerdo haber leído el segundo apellido porque creo que lo tapaba con su dedo pulgar. Dijo que nos había llamado para que estuviéramos presentes cuando saltase la alarma del establecimiento, pues había olvidado la contraseña del dispositivo así como el lugar en el que podrían estar las llaves de la cancela de seguridad y necesitaba urgentemente acceder al inmueble por un asunto indemorable. Por eso, junto a ellos, aguardaba un cerrajero con toda clase de sopletes y artilugios, llaves y palancas, junto a su furgoneta, una Fiat Ducato bastante vieja. Tras nuestro consentimiento, el profesional se dispuso a cortar la cerradura, no sin mucho esfuerzo, hasta que consiguió, por las bravas, franquear el acceso a la joyería. Al instante sonó la alarma, como había predicho el señor Nájera, quien no pudo desactivarla a pesar de varios intentos parsimoniosos tecleando sobre la centralita. Achacaba a su edad la falta de memoria y aducía que el que se encargaba de estas cosas normalmente era Víctor, Víctor Nájera, su pariente y socio, a quien yo conozco de vista aunque no sabía nada de su familia, pero que había tenido que emprender un viaje urgente por enfermedad. El hombre se excusó mil veces por molestarnos y, durante el trasiego de la cancela, hizo comentarios sobre lo mal que pintaban los negocios como aquél por la inseguridad y la crisis, que cada vez la gente compra menos mercancía y roba más, y que los autónomos están muy desprotegidos porque todo el mundo se piensa que son ricos y que se pasan el día de restaurante en restaurante. Al cabo llegó una patrulla de la Local, atraídos por la sirena y por el grupo de personas que curioseaban por los alrededores. Los saludamos y les dijimos que podían marcharse, que estaba todo controlado. Escuetamente les explicamos la situación y se sonrieron con complicidad al ser saludados por don Alberto, quien no escatimó en disculpas. Cuando acabó el cerrajero, el señor Nájera le pidió la cuenta por su trabajo, que ascendía a noventa euros, y le alargó un billete de cien. Le agradeció la diligencia y la profesionalidad y le dijo que se quedara con la vuelta como propina. Es más, incluso le encargó que volviera con una cerradura igual a la que acababa de destrozar para sustituirla antes del cierre, pues la joyería no podía quedarse abierta después de las ocho y media, como es lógico. También llamó, en nuestra compañía, a los de las alarmas desde el móvil y les expuso el problema, invitándoles a reactivar el dispositivo lo antes posible.  Una vez más se ofreció para lo que necesitásemos y nos obsequio con unos vales para descontar un treinta por ciento de rebaja en el precio de cualquier artículo de la tienda y, tras reiterarnos la importancia de nuestro trabajo y la prontitud con la que habíamos acudido a su demanda, nos despedimos afablemente quedando a disposición mutuamente.
Ya no volvimos a saber nada de ellos hasta que a eso de las cinco recibimos otra llamada, esta vez del verdadero dueño de la joyería, don Víctor Nájera, denunciando el robo de la misma.
Comprenda, señor Comisario, que el modus operandi, de puro simple, nos ha cogido desprevenidos a Gutiérrez y a mí, aunque entiendo que debe ser difícil explicarle al joyero nuestra negligencia y ahora mismo debemos ser el hazmerreír de toda la Policía. Y sí, ya he comprobado en los archivos que hay treinta y cuatro joyerías llamadas Nájera en España, y que once de ellas han sido desvalijadas en los últimos meses con el mismo método por don Alberto y su señora.                                                   


FIN








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