IGLESIA DE SAN PABLO DE ÚBEDA

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Iglesia de San Pablo (ÚBEDA)

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sábado, 25 de abril de 2026

SEGUNDO PREMIO EN HARO


 Ya es el cuarto año que un texto mío sobre San Felices de Bilibio es distinguido con el segundo premio del certamen anual. 

Dejo el texto para quien quiera leerlo.


DONDE EL CAMINO SE PIERDE

                                                                                             

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La pareja descansa un rato, apoyando sus espaldas sobre sendas cepas, tras una larga mañana recogiendo uvas. El majuelo está plagado de racimos. Ella bebe agua como si no hubiera bebido nunca y el líquido le chorrea por la cara y le empapa la blusa. Ríe por su ineptitud, pero la felicidad es la verdadera causa de su algazara. Está encinta y su marido aun no lo sabe. Presiente que se cuaja en sus entrañas un ser que dejará huella, un ser admirable que será recordado a través de los siglos, pero esto no es mérito ni señal divina, pues algo parecido deben advertir todas las madres cuando intuyen un ser formándose en sus adentros, cogiendo de sí el zumo de la vida.

Felices, su esposo, se contagia también del ánimo de Paula sin un motivo, y la imita, bebiendo y derramando adrede el agua por su pecho. Entonces ella se pone seria, se acerca y le dice la buena nueva al oído. El trabajo termina por hoy, decretan con una mirada sin saber qué hacer con los nervios. Hay que cuidar a la futura madre, que ya no volverá a la vendimia en lo que queda de temporada después de conocer su embarazo.

Al año siguiente nació Félix, en el 443 de los almanaques cristianos, a quienes todos conocerían por Felices, un niño de la Rioja Alta que emprendería pronto el camino de la santidad.

Era un hijo de los buenos, de los que ayudaba cuanto podía a sus padres, si bien su inclinación por la Iglesia desde muy pequeño le llevó a colaborar con Teodoro, el “parochus” de Bilibio, quien a la par de inculcarle sus principios cristianos más serenos y profundos, también se preocupó de facilitarle lecturas científicas y de humanidades para ensanchar sus miras al percatarse de sus dotes, nada corrientes.

Ya en plena adolescencia, tras ir convenciéndose paulatinamente a medida que maduraban sus convicciones, Felices considera que su verdadera vocación es servir a Dios de una forma más exclusiva y pide a su padre, lleno de júbilo, permiso para ordenarse como sacerdote.    

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Donde se encirota el camino por efecto de la altura y se embosca por culpa de los matojos; donde se hace difícil cada paso y solo las cabras frecuentan sus accesos por lo intrincado del relieve y la maleza, dicen que vive, entre los riscos, un eremita ejemplar cerca del castro construido por los hijos de Roma, en una cavidad abierta en el roquedo.

Contempla y practica la meditación sin descanso en su entrega silenciosa al Altísimo. Es frugal con la comida y entiende de plantas comestibles y medicinales. El ayuno, la penitencia y la disciplina se han convertido en su forma de entender el mundo y de servir a Dios, pues resuenan en su mente las palabras bíblicas del desapego a los bienes terrenales y las hace suyas sobre cualquier otro axioma.

Ama a los pájaros y a las demás criaturas de la serranía, por eso ni caza ni pesca y solo ingiere frutos del campo y cocimientos de hierbas. Predice el tiempo que va a hacer en los días venideros a fuerza de observancia y don divino, pero no se lo dice a nadie: si Dios confía en él, él no va a traicionar su confianza y, además, casi siempre está solo, sin nadie a quien contar sus averiguaciones.

Puede pasar horas enteras con los ojos cerrados en las inmediaciones de la cueva que le da cobijo, y solo el Creador sabe lo que pasea por su pensamiento: lo mismo un párrafo de Platón que una epístola de San Pablo a los Tesalonicenses, de la que extrae, como de una fruta ocal, todo el jugo de su esencia.   

Parece feliz, según refieren quienes le han visto alguna vez, al trasluz, atravesar una vereda entre el monte; porque en Bilibio no se le ha vuelto a contemplar desde las exequias del anciano “parochus”, que tanto bien le había procurado desde su acercamiento a la iglesia con sus enseñanzas y ejemplaridad. Supo que su amigo fallecía por un extraño presentimiento y bajó de su refugio y de su soledad de inmediato para oficiar el adiós cristiano a don Teodoro.

Aunque no rehúye la compaña y es buen conversador, y sus conocimientos se vuelcan en palabras eruditas y precisas por tantas lecturas acumuladas desde la juventud. Prefiere la lejanía de las personas y volcarse en la introspección verdadera, sin interferencias materiales ni mundanas, a la plática banal.

Recuerda con pesar la muerte de sus padres a causa de la enfermedad transmitida por unos mosquitos, que también llevó a la presencia divina a una fracción importante de los residentes en el poblado, diezmando su número, cuando tenía veintidós años, y a diario reza por la salvación de sus almas. Y lo que más lamenta es que no pudieran asistir a su ordenación religiosa unos años después, cuando el epíscopo de Tarraco, Astanio, le tonsuró la coronilla en presencia de muchos paisanos y de los también venidos a raudales desde Tondón, Pharo y Atamauri, para ordenarlo sacerdote en la iglesia parroquial de su pueblo, algo tan infrecuente para los lugareños y tan hermoso, a los mismísimos pies del altar de Nuestra Señora de la Isla.

Madrugones para rendir pleitesía con sus rezos al Sumo Hacedor y días iguales a otros días; aunque, para él, distintos en su avanzar por el misticismo, en ese constante camino de perfección, apartado por propia voluntad de los manjares y las tentaciones, incluso con sacrificios dolorosos adrede para demostrar al cuerpo la supremacía del alma, ocupan su quehacer cotidiano.

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Felices acaba de cumplir el medio siglo y el tiempo no perdona. Va camino de la ancianidad con la mirada serena y el paso firme de los soldados de Dios que conocen el final de la batalla y lo asumen con agrado.

Su fama de bondadoso y hombre pío le insuflan aliento de santidad entre sus paisanos. Y algo ha debido llegar de este halo a los confines de otras parroquias, porque un día se ha presentado un tal Millán, un pastorcillo de Berceo, en su busca, con el propósito de compartir vivencias con él y recomendado por un ángel. Desea aprender la voluntad de Dios a través de Felices, abrazar el secreto del anacoreta de los Riscos y ponerse a discipular en aquellos parajes tan inhóspitos, pues solo en la renuncia de los placeres y en el vencimiento del pecado en todas sus vertientes, piensa Millán que se halla la auténtica espiritualidad y la sublimación. Y quien mejor para adoctrinarle que el hijo de Paula, a quien todos conocen como Felices de Bilibio, y a quien un ángel del Señor ya le había anunciado fechas atrás que, desde los Montes Distercios, recibiría dicha visita, con la encomienda divina de instruir en las grandezas espirituales al muchacho, quien estaba también llamado a convertirse en un ser de luz con el paso del tiempo.

Ante tal encargo y por su indudable predisposición a la bondad y a la obediencia, no puede negar el eremita -cuestión de fe y de integridad- acoger de buen talante al recién llegado y darle la bienvenida a su sencillez y a sus lecturas; porque, si el de Berceo está ávido de aprendizaje, el de Bilibio es un pozo sin fondo de conocimiento bíblico y de suficiencia histórica y científica, pues su acervo cultural, unido a su inteligencia preclara, han hecho del solitario monje un hombre culto y erudito en todos los campos de la sabiduría.

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Después de tres años compartiéndolo todo en estos altos, cerca del castro romano donde se conforma la cueva en la que han pasado muchas horas intercambiando opiniones, tanto Millán como Félix concluyen que es tiempo ya de poner fin a la convivencia, justo cuando de nuevo un ángel del Señor se aparece al de Berceo y le insta a comenzar su regreso al mundo, lejos de aquellos Riscos y dando por finalizada la misión pedagógica y humana del anacoreta.

Lo incorporado a su espíritu y la visión del maestro, las lecturas comentadas y las semblanzas oídas de labios del eremita, han convertido en otra persona al joven pastor de Suso, quien arribó a estos lares un trienio atrás, siendo casi un espíritu in albis. Y seguramente Dios le tendrá reservada una misión gloriosa y única, otra forma de servicio que apunta también a la virtud.

Tras el último abrazo, el mismo hatillo que trajo al venir es el equipaje único con que regresa a la civilización Millán. Un profundo conocimiento de la realidad humana y el hálito de Dios alumbrado a través de las enseñanzas de Felices, serán el caudal y el cimiento para su nueva etapa de entrega como pilar de la Iglesia.

Desde un altozano protege, con su mano izquierda, el de Bilibio, sus ojos para contemplar la marcha del discípulo, mientras con la derecha alzada despide a su compañero, al que ha cogido cariño paternal por la diferencia de años.

Al cabo, cuando ya está a punto de perderse en lontananza, se ha vuelto Millán y, con lágrimas en la cara que no alcanza a vislumbrar Felices a causa de las propias suyas, le ha dedicado su último adiós y ha dibujado un abrazo desde la distancia.

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Y así se consumó la vida de Felices hasta casi alcanzar el siglo, cuando una especie de aurora boreal cuajó de luminosidad los cielos en el momento de su muerte, presagiando a los vecinos del pueblo la tragedia con tan sobrenaturales indicios.

En este tiempo final de su vida, ya se le atribuyen numerosos milagros en forma de curaciones de los enfermos que le acercaban al castro, y después de fallecido, sobre todo a raíz del traslado de sus reliquias, aumentaron el olor a santidad, siendo abundantes y explícitos los testimonios al respecto.

Y, del mismo modo, Millán practicó lo aprendido con creces, también en pos de beatitud, por estas tierras de Dios donde, en otro orden de cosas más mundanas, nació, unos cuantos siglos después, el idioma que nos permite entendernos desde entonces y compartir historias como esta que acabo de escribir del santo, quien tiene un mirador con una estatua colosal en los Riscos al que nos gusta venir de vez en cuando para recordarle y pedirle algún favor de última hora.

                                                         FIN