IGLESIA DE SAN PABLO DE ÚBEDA

IGLESIA DE SAN PABLO DE ÚBEDA
Iglesia de San Pablo (ÚBEDA)

Etiquetas

sábado, 21 de febrero de 2026

SEGUNDO PREMIO CARTAS DE AMOR Y DESAMOR DE ALMUÑÉCAR

 




Mi carta "BAILAR PEGADOS NO ES BAILAR" 

ha resultado reconocida con el segundo premio del certamen. Espero que os guste.

BAILAR PEGADOS NO ES BAILAR.                       


 

Sincrónico, compatible y complementario contigo -que diría un algoritmo de esos que emparejan en las redes- así me vislumbro desde que fuimos concebidos casi a la vez; y tan cercano -o tan lejano, según se mire: la distancia tiene esa cualidad mirífica- como da de sí el diámetro de una circunferencia pequeña en cuyos extremos vivimos sin ninguna otra alternativa. 

Y, por lo menos yo, convencido al cien por cien de estar enamorado desde aquella primera vez en que bailamos; loco por tu aroma a roble antiguo desde que aspiré tu olor; embobado por tu inocencia hierática, por tu gracilidad, mitad innata y mitad adquirida en tantos lustros de repetir los pasos; entregado siempre a nuestro compromiso y a nuestra vocación artística. Tan cerca de ti, tan separado. 

Cuando tú entras al escenario por una puerta, yo salgo por la otra; y viceversa: cuando te refugias en el lado opaco y tenebroso, a mí me toca deleitar al público. Y así llevamos… ¡yo diría que desde el nacimiento de Cronos!, cuya dimensión contribuimos a medir con exactitud desde que el hombre se tomó tan en serio la urgencia de pautar el tiempo e inventó artilugios eficientes para relativizarlo. 

Lo que pasa es que siempre acabo leyendo de reojo el año de fábrica y el origen de nuestra biografía, y se desdice así mi sensación de eternidad al desvelar el misterio: “Made in Switzerland, 1876”, informa el rótulo esculpido en el dintel que cruzamos tres veces cada media hora, en cuarenta y ocho ocasiones al día. Y ello me permite calcular, si quiero, exactamente desde cuándo suspiro por tocarte, por asirte la cintura; en qué momento nació la atracción genuina en este pecho indolente; aunque sé que, salvo un milagro de las hadas, jamás podré acariciar las ondas rígidas y perfectas de tu peinado amarillo. 

El cucú anuncia los cuartos con precisión helvética, pero como solo actuamos cada treinta minutos, ocupamos mientras, en absoluto reposo, el límite del acceso a las respectivas penumbras con la pose elegante de lo único que sabemos hacer bien: alzar los brazos formando un arco y esperar nuestra siguiente puesta en escena. 

Y resistimos, intentando mirarnos de algún modo -porque hablar no podemos- pendientes de que cante el pájaro de nuevo para iniciar el recorrido, que siempre nos mantiene equidistantes -como no puede ser de otra forma, atornillados al riel que nos sujeta- siguiendo el ritmo de una música tradicional durante trece segundos seguidos y mágicos. 

Supongo que me correspondes en el sentimiento. Estoy casi seguro de tu reciprocidad: solo me conoces a mí. Lo intuyo cuando, en alguna vuelta, como buena autómata en miniatura, giras el rostro mecánicamente hasta que me encuentras al otro lado de ese diámetro que nos une y nos separa, con la mirada dulce que emanan tus ojos de esmalte, y pareces sonreír un poco más que de costumbre, o a mí me lo parece. 

Tan solo estuvimos peligrosamente juntos una vez -¿te acuerdas?- dentro del cajón de la gaveta del relojero que nos reparaba por mor de una avería del engranaje, pero con la mala fortuna de que un trapo azul de antelina impidió el contacto, seguramente envueltos adrede por aquel experto con la buena intención de preservar nuestro barniz de los roces, o de que no intimáramos mucho, para luego sufrir un poco menos al volver a nuestra ubicación de siempre, pues ya debía tener experiencias similares con los danzarines de otros cucos. 

Me basta una relación así, tan pulcra, tan platónica, tan imposible… pues esta carta, como entenderás, solo vive en mi fantasía, compacta de serrín y sin una sola neurona, o en la de algún escritorzuelo barato que se jacta de conocer mis entresijos y habla en primera persona, como si entendiera lo que siento y deseo. 

Ni siquiera sé si a ti también te ofreció, y si aceptaste o no, la potestad de creerte humana. 

Para unos bailarines de madera, vestidos de tiroleses, no hay otra forma más romántica de imaginar nuestro amor, o eso creo, que este sucedáneo.