MUJER CANSADA
Pez de oro. O de cristal. O nácar.
Pez colgado en la pestaña de una mujer triste
cuando la bajamar apea de su seno
el perfil de un hijo trashumante,
y apaga sus sueños con cristales sucios
tras muchos años de sacrificio a solas
saliendo desfavorecida en los recordatorios.
A la sombra de una hache, pez de sílice,
duerme deconstruida y sola.
Pero no sin antes fumarse el dolor en intensos bucles
cuando los pájaros se acuestan en su párpado roto
y abandona cualquier disidencia coherente
por un poco de armonía que atraiga el recuerdo
a su sueño inquietante,
porque lleva sin descanso doscientas marejadas,
rompiendo con sus dedos bailables las tuercas de la noche,
enseñando el cielo de la boca a cualquier estornino
que se asome a sus labios para pedirle socorro.
Ha perdido el pez que colgaba en sus ojos.
Lo ha perdido irremediablemente.
Y está cansada para buscarlo por la alfombra.
Un pétalo de su lengua se marchita
al servicio de las ráfagas y las tormentas.
No puede esconder el invierno
desde que la echaron de una alcoba fría
y ya no supo volver a los hábitos que amaba,
a las golondrinas de unas manos debutantes
en el arte de querer a una mujer sensible,
al sol veinteañero de unos muslos en ascuas,
al abismo de una gruta erosiva del que nadie vuelve
a contar los pormenores, ni los daños fungibles,
el precio injusto de la entrada,
la longitud de la soga en la que cuelga un crimen,
la íntima profundidad desconocida por los algoritmos
que mandan en el hueco de las escaleras,
el peaje que se abona por desandar
el camino hacia el puerto de la adolescencia
cuando todo era del color de las orquídeas.
Pez de nácar. O de oro. O cristal. Da lo mismo.
Pez colgado en la tristeza de una mujer sin grietas
cuando la pleamar acoge en su seno
la lejanía de un hijo pródigo
y enciende sus sueños con rosales
que dan lágrimas y flores.
Mujer sola. Mujer cansada.
Mujer que cambiaría todos los peces del mundo
por el abrazo de un niño.