Bienvenidos a mi blog. Si os gusta la literatura, en él podéis encontrar algunos poemas y relatos y contactar conmigo. Responderé sugerencias y comentarios en eettss@gmail.com.
IGLESIA DE SAN PABLO DE ÚBEDA
Iglesia de San Pablo (ÚBEDA)
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jueves, 11 de agosto de 2022
PREMIO DE POESÍA EN CÓMPETA
viernes, 17 de junio de 2022
PREMIO DE POESÍA EN PINOS PUENTE
viernes, 10 de junio de 2022
PREMIO DE MICRORRELATO EN ÁVILA
La taberna es un muro de cal cuyo refugio nos impregna con su olor a otros tiempos, olor que se aferra al aliento y nos devuelve, en pequeñas dosis, los recuerdos que su barra ha ido atesorando a lo largo y ancho de los lustros.
Mientras consumimos la vida en sus altares, las bayetas se obstinan en deslindar las migrañas de los sueños a base de lustrar los cromos y los grifos donde brota la cerveza, de pulir los expositores que preservan los manjares del aliento bacteriano bajo sus urnas de cristal y agua caliente.
A mi lo que me encanta es ese espíritu bohemio e ir contigo por comerme a tientas tus muslos de pistacho y patatillas, tras susurrarte románticas promesas rebozadas en harina, huevo y pan rallado; aunque en realidad lo que busco es habitar en la bruma de tu vientre aceitunero, en el abismo de tus ojos almendrados y poder morder cada día tu nariz alcaparreña entre sorbos de vino expósito, subido a mi amado taburete.
domingo, 5 de junio de 2022
TERCER PREMIO DE MICRORRELATO EN LEPE
EL OCTAVO PASAJERO
Su afición por la astronomía la tiene absorta y solo decora su habitación con póster de galaxias y naves espaciales. Sus amigos son igual de friquis, sobre todo uno que viene mucho por casa y se invita solo cuando huele mis lentejas. Se zampa dos platos, pone cara de extraterrestre y me lo agradece con su mejor sonrisa. No sabemos si se trata de un experimento promovido por la NASA o qué, pero lo cierto es que la prueba de gravidez ha dado positivo y que en la ecografía de la niña aparece una especie de alien.
viernes, 27 de mayo de 2022
PREMIO DE POESÍA COFRADE
LA BRÚJULA ENCENDIDA
I
¡Cobarde te maldigo, Muerte impía,
sombra abominable, indigna Parca,
porque tu ira signa con su marca
las entrañas del Hijo de María!
Perdonar no puedo, impía Muerte,
abominable sombra, Parca indigna,
porque tu ira con su marca signa
un manantial de lágrimas inerte.
Gastamos media vida en asechanzas.
La vileza es un gen hereditario.
¡Perdónanos, Señor, tantas matanzas!
Debiéramos seguir tus enseñanzas,
esconder el odio en un armario
y practicar las bienaventuranzas.
II
No sé si la fe arraiga en tu suplicio
o sólo se convierte en su notario.
Sólo sé que en el fondo de mi armario
no queda sin amor ningún resquicio.
Ya es hora de firmar el armisticio:
no siempre por sentencia es necesario
que repitas cada Jueves tu Calvario
por las calles de Jaén en sacrificio.
Tu fin es el principio de otra Vida,
tu cruda soledad nuestra clemencia
y tu Cruz es su brújula encendida,
el eje que apuntala el pensamiento,
y blinda el corazón sin penitencia,
y santifica cada sufrimiento.
III
Perdón y cuenta nueva, ¿eso es todo?
¿y el dolor de un pueblo aceitunero…?
¿y la esperanza de ese jornalero
tan ahíta de llorar por tu incomodo?
Bajo la santa Cruz, rodilla en lodo,
un charco bermejizo nos cercena.
Manado del desagüe de tu vena
nos cura del pecado con su yodo.
Morir para vencer la muerte espuria
y devolver la vida a cada inválido
midiendo tu templanza con su furia.
La tiniebla, de facto irreversible,
será expulsada de tu pecho cálido
miércoles, 25 de mayo de 2022
SEGUNDO PREMIO DE POESÍA EN LORCA
LOS MEDIOCRES
Tal vez por las esquinas de mis días
deambulo sonámbulo,
extranjero
de mí mismo,
levantando relámpagos de arena en mi desierto.
Rafael Alfaro
(Tierra enamorada)
Donde empiezan a brotar las certidumbres,
a saltos de caballo en un damero,
metáfora que ahorra rebeliones
a gente como nosotros,
los mediocres,
gente que se deja bogar corriente abajo
echando de menos sus raíces.
En las redes invisibles que surcan la memoria
y sirven de soporte a la materia
cuando dos cuerpos se abrazan en la sombra
y se reparten las migajas de su soledad
creyendo inaugurar algún refugio
donde estar a salvo de intemperies,
pero solo se descubren derrotados
a la luz del nuevo día
y no distinguen dónde ir a arrepentirse,
ni por qué,
cuál camino puede llevarlos de regreso
al principio de su historia,
qué alimento repondrá sus famélicos espíritus
ahora que lo saben.
En lo alto de un muro que separa dos ambientes,
por donde no paran de trepar las salamandras,
los indicios patrocinan ilusiones
que se van quedando sin gas
a medida que se avanza por el precipicio,
porque todo consiste en regresar de un viaje
que nos decepciona, bajar del muro
tras descubrir atónitos que el otro lado de la tapia
es idéntico a este lado.
Solemos llamarlo amor,
pero puede ser melancolía, miedo a la soledad
o cualquier cosa.
O quizás querer sea precisamente lo contrario,
dejar el puerto sin la seguridad de un rumbo cierto
montando al equino que progresa en eles
lejos del cedazo, abrazar cada encrucijada
con ojos primerizos, apoyarnos en el otro
como un báculo sin garantía contrastada
e ir abriendo telarañas de algodón en los armarios,
cuando esas pequeñas burbujas de champán
las sientes dentro, aun antes de servirte la primera copa,
y la risa es una campanada que se abre.
Tal vez amar consista en volver a sufragar expediciones,
en repetir el camino muchas veces por el muro
a lomos de una salamandra
hasta descubrir que al otro lado de la cima
se puede ser tan feliz como a este lado:
solo cambian los ojos y los tiempos
que avanzan con sus eles por el dogma
llevándonos a cuestas a nosotros,
los bisnietos de la ira de don Dámaso.
Los auténticos protagonistas.
Los mediocres.
viernes, 20 de mayo de 2022
PREMIO DE POESÍA EN MIAJADAS
ACABO DE REGRESAR DE MIAJADAS (CÁCERES) DE RECOGER EL SEGUNDO PREMIO DE POESÍA DE SU CERTAMEN ANUAL. ENHORABUENA A LOS DEMÁS PREMIADOS.
ESPERO QUE OS GUSTE EL POEMA
INTROITO
Dicen que se puebla el aire
de un remoto perfume a trenes y alaridos,
de un extraño gas irrespirable,
mágica pócima de celofán y mirtos.
Y que son los cuerpos jalea aderezada
cuando el éter penetra en los sentidos
y los hace prisioneros de sus jaulas.
Que la carne se amotina en tinajas sensuales
y se convierte en una bodega de pasiones
de la que es mejor huir sin palpitar su vino.
Dicen que se dispara el deseo del joven
como ballesta en manos de inexperto arquero
y que cualquiera puede resultar herido.
Que nadie llega, artesano de hornos,
desde la otra orilla de la vida,
en la noche atávica del primer encuentro
a calentar con sus manos los contornos.
Las vituallas no alcanzan para tantos lujos
cuando el placer se alía con los cuerpos
enredados en las celosías y en las redes
de la mórbida pasión que los indujo.
Dicen que varía el sombraje llantas de franela
según le resulte el ángulo propicio;
y que al otro lado el amante agita velas.
Avanza la escollera alamares de espuma
sobre su propia crin,
y el mar yergue árboles de sal
en un bosque insostenible,
de tal modo que, -aunque dura un solo instante
hasta su voluptuoso fin-,
ya nunca te olvidas del idilio.
martes, 10 de mayo de 2022
PRIMER PREMIO DE POESÍA EN SEGURA DE LA SIERRA
Mira Luna,
desde Segura y su Sierra
don Jorge ensarta los versos
con el filo de su pluma
mientras los tibios resoles
cuando atardece en Segura
se acicalan de aceituna
y apagan sus arreboles
para que el niño se duerma.
Mira Luna,
nuestras vidas son los ríos
y nuestras manos los juncos
que sustentan en la orilla
amores y desvaríos,
amor cuando estamos juntos
y cuando duermen locura
si vienen las pesadillas
a la vera de la cuna
a importunar sus asuntos.
Mira Luna,
si decoras el paisaje
de los campos segureños
con nácar de tus adobos,
y deshaces las escarchas,
y blindas el caserío
donde crecen mis retoños
para que los venza el sueño
arrullados por el río,
dispondré un collar de plata
en la Torre de Homenaje
y una pandereta blanca
para que te hagas espejos.
Mira Luna,
si apaciguas los caballos
y silencias sus relinchos
en el sopor de las cuadras,
si acaricias los collados
que circundan el Castillo
y ahuyentas sus alimañas,
te daré flores de mayo
para que te hagas vestidos
con su terciopelo blanco.
Mira Luna,
arría nuestro estandarte
en la cumbre de los cerros,
hilado de seda pura,
que cuando entreabran los ojos
los querubines que velo,
no quiero que sus brocados,
encendidos de plata y oro,
les impidan admirarte
en tu redonda hermosura.
Mira Luna,
los pajarillos del campo
sujetan entre sus picos
los tallos de enredadera
y los posan en mi mano
para que yo le haga un nido
a mi jilguero y se duerma.
Mira Luna,
y al padre de estas criaturas
protégelo en la batalla,
porque en Segura yo sola
moriría de amargura,
incomprendida en la alcoba,
si sus coplas me faltaran.
Mira Luna,
ordena a los luceritos
que juegan sobre tu falda
a esta hora con sus destellos,
que apaguen sus resplandores,
pues mis niños se desvelan
con tantos fulgores gualdas
y despilfarran el sueño.
Mira Luna,
haz a doña Luisa Manrique,
la del color de la miel,
comendadora de hiniestas,
que alguna grácil alondra
derrame sobre sus ojos
celosías de ataurique
y estrellitas de papel,
para que aguante la siesta
y se cumplan sus antojos
hasta que venga la Aurora
y se la lleve de fiesta.
Mira Luna,
y que a don Luis, en los párpados,
se le pare una cigüeña,
portadora de presagios,
que deje la noche en prenda
y que mañana regrese,
cuando mi niño despierte,
a recoger las tinieblas.
FIN
miércoles, 13 de abril de 2022
PRIMER PREMIO DE POESÍA EN Malpartida de Cáceres
lunes, 11 de abril de 2022
SEGUNDO PREMIO EN HARO
Había oído el joven Millán historias variopintas, repletas de enjundia, todas extraordinarias, referidas a un varón al que achacaban santidad en toda la comarca de Haro y su zona de influencia; alguien que vivía en el retiro de los Riscos de Bilibio dedicado a la meditación y al rezo, abrazando los postulados más ortodoxos del anacoreta, sin contacto asiduo con nadie. Cierto que había bastantes varones por aquellos parajes riojanos con ese mismo estilo de vida, con esos mismos parámetros espirituales, alejados de toda vicisitud terrena para dedicarse a la contemplación, pero era sin duda aquel de Bilibio quien más admiración despertaba, con diferencia, entre los habitantes de los pueblos limítrofes.
Dichas habladurías incendiaron el alma del muchacho en su natal Berceo, por lo que estuvo varias semanas elucubrando a solas cómo llegar, primero, y luego la manera de conocer a semejante hombre y que accediera a compartir con él su sabiduría y las demás dotes morales que lo acompañaban. Tanto es así que por fin se decidió a abandonar el pastoreo, y a su familia, y se puso en el camino que había de llevarle a conocer a Felices, tal era el nombre del personaje que se dedicaba a Dios en cuerpo y alma por las cumbres cercanas a Haro.
La sierra era abrupta y los caminos se empecinaban en buscar los últimos cresteros con pendientes imposibles para caminantes incautos, aunque él estaba acostumbrado a las veredas serpenteantes y a los pradillos en alto porque había llevado desde que era niño por sitios parecidos, o aún peores, a pastar el rebaño de su padre. Había que dar pasitos cortos y apoyarse en un sólido cayado de roble para avanzar por las rampas y mantener el equilibrio sin precipitarse por ningún despeñadero. Descansar de cuando en cuando y beber agua fresca del cantarillo que se guarda en el zurrón, y comer queso curado con un buen mendrugo de pan para que la cuesta no rapte en un santiamén la fuerza de los músculos y la debilidad exponga al quien progresa a la atracción del vértigo.
“No se puede estar más cerca de Dios”, iba pensando el joven mientras ascendía por los vericuetos a encontrarse con el eremita, a quien propondría ser su discípulo y compartir vivencias en aquellos territorios. Sin duda que, a poco que acertasen los lugareños con su calidad cristiana, el buen Felices accedería a sus pretensiones, si bien no acababa de tenerlas todas consigo, pues los ermitaños, además de fervorosos y píos, es sabido que suelen albergar rarezas de espíritu que los hacen especiales y huraños, rarezas que se incrementan con tantas horas de soledad y silencio en medio de la nada, pasando penalidades y con escasez de viandas para paliar las crisis de fe, que de seguro las habría.
Hacía más de una hora que Felices, instalado en un saliente sobre un pequeño precipicio, había distinguido la figura de un muchacho que ascendía y ascendía entre los riscos con desparpajo poco común. Seguro que se habría perdido y el sahumerio de la lumbrecilla en la que cocía algunas hierbas le serviría de guía y orientación. Compartiría con él el guiso insustancial y se pondría al corriente de su procedencia y habilidades, mostrándole las estampas que desde la altura a la vista se ofrecen en atalaya tan gigante. Luego le indicaría el camino de Haro y le daría su bendición y alguna sobra para la vuelta. No es que estuviese sobrado de víveres ni acostumbrado a las visitas, pero de vez en cuando alguien se acercaba a sus dominios y le solía traer algún alimento para hacer más llevadero su ascetismo, como temprano agradecimiento a la par que se solazaba escuchando sus simples, pero acertadas, elucubraciones sobre cualquier menester o cuita que atosigaban al recién llegado. El forastero se iba admirado y en paz consigo mismo, dejando entre los Riscos su pesadumbre y adquiriendo una visión esclarecedora del problema que le había traído hasta allí o viendo la trascendencia de sus asuntos desde un punto de vista más relativo a la sombra de Felices.
- ¡Ten cuidado, muchacho, las piedras sueltas suelen traicionar, donde menos cuesta hay la confianza del pie, que ya se cree a salvo de sus asechanzas al coronar lo peor de la pendiente y se deja engañar! – tronó el vozarrón de Felices desde lo alto del riscal.
- ¡El Señor sea consigo, hermano! -respondió Millán una vez repuesto del susto que las palabras del anfitrión le habían producido, por inesperadas- pero no soy atolondrado y mis pies aquilatan la costumbre de triscar por el monte, aunque le quedo muy agradecido por el consejo.
Pronto comprobó el joven que la personalidad embaucadora de Felices era sin duda mayor de lo que le habían contado y su magnetismo también estaba muy por encima de las expectativas. Hablaba con un aplomo tal que parecía que se inventase los nombres de las cosas y su seguridad hacía sentirse a uno a salvo de cualquier rigor o duda.
Entablaron conversaciones banales sobre la procedencia del joven, como tanteando el terreno espiritual de aquel que se hacía llamar Millán, aunque el eremita enseguida comprendió que el visitante no andaba perdido en absoluto por los montes como al principio creyó, al menos no con esa clase de pérdida que solo depende de las estrellas o de los puntos cardinales y que se soluciona corrigiendo el rumbo con unas pequeñas indicaciones sobre el itinerario a seguir. Probablemente sí estaba extraviado, o mejor confuso, en su interior, pues pronto pudo leer en las nobles entrañas la necesidad de cobijo y orientación que demandaba el de Berceo. Por eso Felices se adelantó a sus pretensiones y dejó obnubilado al futuro discípulo cuando le ofreció que se hospedara en su misma cueva y que permaneciera con él hasta que encontrase lo que venía buscando. El silencio y la soledad, su ayuda y su bendición obrarían en su alma el pequeño milagro del conocimiento y de la verdad, esa óptica humilde que despeja las tinieblas del corazón y la cabeza al mismo tiempo.
Y fueron transcurriendo los meses con el fortalecimiento de los vínculos entre los dos, una amistad enriquecedora con tentáculos místicos en la que los diálogos fluían entre ambos en beneficio mutuo y armonía.
Una velada, casi al principio de llegar, Millán comenzó preguntando a su maestro, a quien a veces llamaba Félix y otras Felices:
- ¿No os sentís fuera de época, de la sociedad jarrera, ajeno a los hechos que acontecen, en pocas palabras: preso de vuestra propia voluntad? ¿Acaso no es esto una cárcel impuesta por vos mismo? ¿Qué rédito se obtiene de tanta meditación y tanto rezo? ¿Quién responde? ¿Dónde está Dios cuando se le necesita y por qué permite tanta crueldad, tanta injusticia, tanto dolor en el mundo?... – y así fue desgranando la madeja endrina que invadía su corazón con todas las sombras y disquisiciones que albergaba desde que tenía conocimiento y conciencia, cuando era pastor, mientras el rebaño pacía en los montes de Berceo y él aprovechaba para interrogarse.
Felices se mantuvo callado durante varios minutos, como si estuviese rumiando aquella andanada de introspecciones que acababa de hacer públicas el buen Millán.
- ¿Preso, decís? Mirad qué cárcel me aprisiona: el cielo arriba. La tierra, de la que obtengo todo lo que necesito, bajo mis pies, hermosa; el aire como barrote y el tiempo como un aderezo innecesario. El paisaje indescriptible para solaz del espíritu y las necesidades mínimas que impone Natura y que me son fáciles de satisfacer al no exigirme bienes, ni propiedades, ni legados, ni lujos, ni pasiones, ni caprichos, ni ostentaciones. ¡Cuán poca materialidad mundana realmente es imprescindible! A solas hablo conmigo mismo y me respondo, acaso con asesoría divina, de tal manera que obtengo siempre certidumbre a mis demandas, las cuáles no están influenciadas por intereses sociales ni económicos. Y al cabo todo lo ajeno, todo lo exterior a mí mismo, me es superfluo, insustancial, prescindible. El silencio transmite sosiego y en el propósito de despojarme las vestiduras metafísicas que protegen, pero también marcan y encarcelan el espíritu, cada despertar me brinda un triunfo hacia la desnudez, hacia la esencia misma de mi persona…
El joven, treinta años menor, comenzó a asimilar la verdadera razón de aquella existencia tan plena en contra de lo que pareciese a primera vista, y fue tornando sus criterios desde el faro de las palabras del maestro hasta convertirse, en los tres años que vivieron juntos en los Riscos de Bilibio, en otro santo varón a la sombra de aquel hombre sencillo y tocado por el dedo de la providencia.
Y al final se despidieron porque Millán entendió que debía comenzar otro camino, esta vez entre los hombres. Se sentía preparado y capaz de ayudar a muchos semejantes con su descubrimiento interior, pues había aprendido de Felices que cada uno puede ser útil de muchas maneras y que todas son válidas si se ejercen con honestidad.
FIN










